¿Por qué me trajiste, padre, a la ciudad? ¿Por qué me desenterraste del mar?
En sueños la marejada me tira del corazón; se lo quisiera llevar.
Padre, ¿por qué me trajiste acá?
Gimiendo por ver el mar, un marinerito en tierra iza al aire este lamento: ¡Ay mi blusa marinera; siempre me la inflaba el viento al divisar la escollera!
Cuando en las nubes hay tormenta suele también haberla en su pecho; mas nunca hay calma en él, aun cuando la calma reine en tierra y cielo; porque es entonces cuando torvos cual nunca riñen sus pensamientos.
Hay aroma a tormenta se siente acercarse como un gigante ebrio en cada árbol en cada grano de arena. Un pájaro desgarra el cielo huyendo de las húmedas premoniciones, lo que dice la noche lo entienden los animales, lo entiendo yo. Nicolás Preducci.
Apagándose van aquellos vidrios del alto ventanal, y apenas si con oro triste se irisan débilmente. Muere el día, pero la paz perdura postrada entre la sombra.
Feria de cascabel y percalina,
muerta la media luna gladiadora,
de limón y naranja, remolina
de la muerte, girando, y los toreros,
bajo una alegoría voladora
de palmas, abanicos y sombreros.
Entras en las pestañas asombradas de los que te miran, felices, y ven a un Dios donde todavía hay el recuerdo de un niño que fue gran torero, y hoy es hombre y aún mejor torero.